Visado a Turkmenistán. Trámites para ver la capital

Visado a Turkmenistán. Trámites para ver la capital

La llegada a Turkmenistán fue tranquila. Después de tomar el té con los soldados iraníes en la frontera, me encontré con el primer control de pasaportes turcomano que me pidieron el visado a Turkmenistán. La experiencia no estuvo mal; en cuanto el funcionario vio que yo era español, me comentó que simpatizaba con el Real Madrid. Yo le dije que era del Barcelona, y unas risas ayudaron a romper el hielo.

El siguiente paso era entrar en el edificio de la frontera en Howdan y someterme a las preguntas del funcionario militar. Mientras esperaba, se me ocurrió liar un cigarrillo, pero cuando quise salir a fumarlo, un «soldadito» que controlaba la zona me llamó y me lo prohibió. Todos los turcomanos que esperaban empezaron a gritar: «¡No smoking, no smoking!». Les expliqué que salía fuera a fumar, pero fue entonces cuando descubrí la particularidad: ¡en Turkmenistán está prohibido fumar en la calle! Guardé el cigarrillo y esperé pacientemente a que el funcionario llegara, lo cual tardó alrededor de media hora. La paciencia es algo que estoy practicando mucho durante el viaje y no me importó.

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Al ver mi pasaporte, comenzó la batería de preguntas, entre ellas, dónde pensaba alojarme en Asjabat y qué tenía pensado visitar.

Sobre el alojamiento, tenía algunas ideas. En Turkmenistán solo se encuentran hoteles, y parece que el líder del país tiene acciones en todos ellos, ya que el más barato no baja de 50 USD, lo que suponía un problema de presupuesto importante. Le mencioné un hotel que una chica a través de Couchsurfing me había indicado como el más económico, y el funcionario lo conocía. También le dije que quería ir al norte a ver la famosa Puerta al Infierno (Door to Hell). Me hizo el favor de dibujarme un plano del país e indicarme dónde exactamente tenía que llegar. Me explicó que tendría que ir y volver de nuevo desde Asjabat antes de dirigirme al paso fronterizo de Farat para cruzar a Uzbekistán, tal como había declarado al solicitar el visado a Turkmenistán.

Esta es otra de las peculiaridades de Turkmenistán y un requisito clave para el visado: debes especificar por dónde entras y sales del país y cumplirlo estrictamente, ya que estos puntos están reflejados en el visado de tránsito y no permiten que utilices otros. El visado a Turkmenistán es solo de tránsito y cuesta bastante caro (55 USD) para los cinco días que te conceden. La dificultad para obtener el visado a Turkmenistán y la brevedad de su duración hacen que el viaje sea un desafío. Por ello, resulta complicado entrar en Turkmenistán, y aún más, permanecer.

Trámites adicionales y la caseta de los horrores

Con casi todos los trámites cumplidos, me llevé la sorpresa de la mañana cuando me dijo que debía ir al banco —una pequeña habitación en el mismo edificio, protegida por una puerta de acero— y pagar 12 USD adicionales por el registro de entrada al país. Agradecí haber sido precavido y haber guardado unos cuantos dólares antes de salir de Irán, de lo contrario, habría tenido un problema real y seguramente me habrían denegado la entrada.

Después de esperar más de quince minutos tocando un timbre para que la empleada del supuesto «banco», con cara de pocos amigos, me atendiera y pudiera comprar el registro, volví a la ventanilla. Chequearon que todo estuviera correcto y pude cruzar el arco de control, no sin antes soportar la burla del «soldadito» que me había regañado por el cigarrillo. Para terminar su faena, y en tono de broma, me hizo desplegar uno de mis bastones de senderismo que llevaba en la mochila. Cuando se sintió satisfecho con la tontería, pude cruzar, aunque todavía me esperaba otro control. Una señora, esta más amable, me preguntó si llevaba drogas o armas. Mi expresión (cara de póker) le dejó claro que no, y me autorizó a salir del edificio para entrar por fin en Turkmenistán.

Necesitaba urgentemente ir al baño. Me indicaron un pequeño edificio alejado y me dirigí hacia él. Al llegar, entendí por qué estaba tan lejos: el olor era indescriptible, y por suerte, no podéis apreciarlo en las fotos. Creo que es una costumbre en la cultura de Asia Central tener los baños apartados de la casa o de los edificios principales, como pude comprobar más tarde en otros puntos de mi recorrido.

Azat, un aliado inesperado

Tras la visita a la «caseta de los horrores», volví a esperar el autobús, que en realidad era una furgoneta, junto al edificio fronterizo. Al llegar, pregunté si alguien hablaba inglés dirigiéndome primero a un muchacho, quien me respondió con un gesto negativo. Las numerosas mujeres turcomanas que esperaban, suponiendo que preguntaba por transporte, me hicieron saber que debía esperar allí al próximo vehículo.

Justo cuando creía que nadie hablaría un idioma que yo entendiera, se acercó Azat, ¡y sorpresa! Me hizo saber que «chapurreaba» algo de inglés y que, aunque no muy bien, podría ayudarme con las traducciones. Entablamos una conversación amena. Me contó que venía de Irán de comprar unos sacos para probarlos, con la intención de hacer negocio en su país, ya que le salían más baratos cruzando la frontera y tenían mercado en Turkmenistán.

Tuvimos que esperar más de una hora, ya que la frontera estaba concurrida. Aunque en la furgoneta caben nueve personas, estas, con toda su mercancía, reducían el espacio considerablemente. Un par de furgonetas que llegaron solo sirvieron para que un par de soldados de la frontera cruzaran, dejándonos allí esperando otro buen rato, con las protestas de los turcomanos que me acompañaban.

Cuando por fin el siguiente vehículo nos llevó, tuvimos que ir incómodamente subidos en los bultos. La molestia no habría sido tanta si al llegar a mi destino el conductor no me hubiera pedido ¡10 USD más! por un trayecto de menos de 25 km. Esto es un descarado intento de sacarle dinero al extranjero, ya que todos los demás, que eran turcomanos, no pagaron ni un dólar. El servicio de transporte lo provee el mismo Gobierno, ya que ese paso por la cordillera Kopet Dag es una zona militar y está prohibido circular libremente.

El encuentro con amigos en Turkmenistán

Una vez en el puesto fronterizo, tuve que volver a mostrar mi pasaporte a los guardias. Azat les explicó que yo iba con él y me llevaría a Asjabat. Tal como me había ofrecido al inicio de nuestra conversación, Azat cumplió su palabra. Lo ayudé con sus bultos y decidimos que, lo primero, buscaríamos un hotel para mí y un banco para sacar moneda local.

Mientras recorríamos los aproximadamente 15 km que separan la frontera de la ciudad, se me ocurrió revisar mi correo electrónico en el móvil. No sé por qué lo hice, ya que difícilmente podría haber recibido algo. Sin embargo, en algún momento de la mañana, en Irán, mientras gastaba el crédito de mi tarjeta de teléfono para comprobar el cambio de moneda en Turkmenistán, me llegó la respuesta que había estado esperando durante días: Alberto González, un español que reside en Asjabat y está registrado en Couchsurfing, me había respondido favorablemente a mi solicitud de ayuda y podía alojarme en su casa mientras decidía mis visitas al país. Luego supe que MariaVi, su pareja, se lo había recordado esa mañana. Fue una suerte, ya que lo del hotel me parecía una pesadilla y las otras opciones tampoco eran mejores, como estar en continuo movimiento durmiendo en los trenes, que eran baratos y se ajustaban a mi presupuesto.

Pude usar el teléfono de Azat para llamar a Alberto, y quedamos en un par de horas cerca de su casa. Mientras tanto, Azat me invitó a conocer a su familia y a tomar unos tés con ellos. La visita fue genial y pudimos charlar más sobre nosotros, sobre el viaje y, sobre todo, sobre mi vida de soltero, que desde Irán sorprende a todos dada mi edad. En estos países, la norma es estar casado y con al menos un hijo a los veinticinco años como máximo. Mis cuarenta y seis años, soltero y sin hijos, se salen de sus cánones y querían entender mejor el porqué de mi decisión.

Durante todo el trayecto, Azat estuvo preocupado por encontrarse con la policía, ya que el coche estaba sucio por el polvo acumulado en la frontera, donde estuvo aparcado a la intemperie en pleno desierto de Karakum. En Turkmenistán, tener el vehículo sucio está penalizado y, si la policía te para, te arriesgas a pagar una multa. Durante la espera para vernos con Alberto y MariaVi, además de tomar el té, pudimos limpiar el coche para movernos tranquilamente por Asjabat.

Una cerveza en Asjabat

Cuando llegamos a casa de Alberto, pude dejar mis mochilas y decidimos ir todos juntos a tomar una cerveza a un bar cercano con terraza. Turkmenistán es un país musulmán, pero el alcohol no está prohibido. El único que bebió cerveza fui yo, y la disfruté con ganas después de casi un mes sin probarla en Irán.

Esa noche, hice mi tortilla de patatas para mis anfitriones y pudimos charlar un rato más y conocernos mejor. Alberto trabaja para una empresa francesa que construye edificios en Asjabat y es uno de los arquitectos técnicos responsables de las obras. Es joven, pero ya tiene experiencia acumulada y, como dice en su perfil de Couchsurfing, «le gusta estar en lugares singulares». Sin duda, Turkmenistán lo es, aunque su destino anterior había sido Guinea Ecuatorial, que también tiene sus particularidades. MariaVi, su pareja, es profesora de francés en Asjabat y con ella pasé muchos ratos del día, además de ir de compras al bazar, mientras ella preparaba sus clases y yo preparaba las comidas para que Alberto encontrase el plato lleno al llegar a casa a mediodía. Fue una forma de agradecer su ayuda haciendo algo que me encanta: cocinar.

Algunas tardes pudimos ir a la base que la empresa francesa tiene en las afueras de la ciudad, donde viven la mayoría de sus empleados, y donde ya estarán viviendo Alberto y MariaVi cuando se publique este artículo. Era el lugar donde podía conectarme a internet, fumar tranquilamente en cualquier sitio y beber algunas cervezas mientras esperaba a que MariaVi hiciera sus gestiones o fuera al gimnasio. Para llegar a la base, teníamos que dirigirnos a las cercanías de un centro comercial en el centro de Asjabat y esperar un transporte que la base pone a disposición de todos los empleados. El nuestro lo cogíamos a las 15:30 para subir y a las 18:15 para volver a Asjabat.

Planes frustrados y una conversación singular

Finalmente, mis planes de ir a ver la Puerta al Infierno se vieron frustrados por la dificultad de llegar, ver, regresar y poder cruzar a tiempo la frontera, a pesar de las gestiones de Alberto para que consiguiera mi objetivo. Así que me quedé con las ganas y tendré que volver a pasar por todos los trámites burocráticos de entrada al país, incluido el complicado proceso de solicitar de nuevo el visado a Turkmenistán, si quiero verla algún día.

Una de las tardes quedé con Maysa, la chica con la que había contactado por Couchsurfing, para conocernos personalmente y charlar un rato. Maysa es una mujer diferente a lo que es la norma en el país: está soltera, tiene dos niños adoptados y está a la espera de adoptar dos niñas más, lo que la convierte en una persona valiente y atrevida en un país tan conservador. Cuando Alberto salió de trabajar, acudió al bar donde estábamos Maysa y yo, y más tarde se unió MariaVi. El encuentro entre Maysa y Alberto fue celebrado por ambas partes, ya que Maysa había aprendido español mientras vivió en Estados Unidos y necesitaba practicar para recordarlo, y Alberto estaba decidido a aprender ruso. Decidieron quedar más veces para practicar y ayudarse mutuamente.

Después del encuentro, Maysa nos invitó a tomar unos tés en su casa para charlar un rato más. Tras eso y antes de ir a nuestra casa, Alberto decidió llevarme a dar una vuelta por Asjabat con su coche. Era de noche y pude ver los edificios iluminados. Es increíble cómo se derrocha energía en este país; muchos de ellos están sin terminar totalmente, pero sus fachadas ya lucen como si fueran un casino de Las Vegas. Al parecer, este detalle se contempla en el pliego de condiciones que aceptan las empresas constructoras para llevarse el contrato, y es importante cumplirlo.

Peculiaridades de Turkmenistán: el Lujo Gratuito y las Restricciones

Otras peculiaridades de Turkmenistán son que sus habitantes tienen gratuita, o casi, la luz, el gas, el agua y una cuota de litros de gasolina al mes para el coche. La telefonía móvil es casi un regalo, aunque hay que pagarla. Los funcionarios viven en casas que se construyen para ellos y se les entregan también gratuitamente o por una renta muy baja. De esta manera, el dirigente se asegura de tener al pueblo contento. Por otro lado, el transporte público se paga, pero el precio es irrisorio: un taxi cuesta entre 3 y 5 manats (unos 0,75 a 1,25 €), según el trayecto, y cubre bastante recorrido. El autobús cuesta 20 tennes (0,05 €).

Como ya he comentado, está prohibido fumar en la calle; incluso los ciudadanos pueden denunciarte si te ven. Tampoco está bien visto hacer fotos por el centro. Yo las hacía desde taxis, coches o autobuses. Hay policías casi cada 200 metros en el centro de la ciudad. Por supuesto, el palacio del presidente es casi intocable, aunque me arriesgué y pude hacer un par de fotos en un despiste del policía de la esquina. Las calles que lo rodean están cerradas a la circulación y son solo para el uso y disfrute de este curioso y egocéntrico personaje, que por supuesto tiene su foto, y bien grande, en muchos edificios. Parece ser que quiere batir el Récord Guinness de cosas más grandes; por ejemplo, la bandera más grande del mundo está en Asjabat. Toda la ciudad es casi blanca, y los edificios oficiales y más recientes son prácticamente de mármol a partir de una cierta altura.

Últimos días y la partida de Turkmenistán

Mi problema económico se hizo patente también en Turkmenistán, un país que no facilita el uso de cajeros. El penúltimo día tuve que hacer varias carreras para poder sacar dinero en efectivo, de cara a comprar el billete del tren hasta Turkmenabat y el taxi posterior hasta Farat. Debido a mi infructuosa búsqueda de un cajero que me diera moneda local de mi cuenta corriente, tuve que pedir dinero prestado a Alberto y MariaVi, quienes me lo prestaron inmediatamente.

Me dirigí a un hotel internacional cerca de su casa, donde a veces ellos hacen su cambio, pero estaba cerrado hasta por la tarde. Sin embargo, debía ir a la estación a mediodía para que Maysa me acompañara durante su hora de comida y me ayudara con el idioma y otros detalles del viaje: quería visitar Mary, una ciudad importante en la Ruta de la Seda, si era posible en mi trayecto. Como no tenía moneda local, tuvimos que movernos hasta la otra punta de la ciudad para probar en otro banco, pero fue en vano. Así que Maysa me apuntó en mi libreta en ruso ambos trayectos —el directo a Turkmenabat o parando una noche en Mary— para que en la estación decidiera, según las posibilidades, cuando tuviera los manats y fuera a comprar el billete.

La acompañé en taxi hasta su trabajo y de allí me dirigí al único banco que podría cambiarme euros. Esperé hasta las 14:00 y por fin, siendo el primero de la cola, me pudieron cambiar. Con el dinero, me fui directo a la estación. Allí, unas chicas turcomanas que hablaban inglés me vieron buscar desesperadamente la taquilla donde comprar el billete, y fueron ellas quienes finalmente me ayudaron con los trámites y la elección del viaje. Nilufar y Leyla buscaron la información en su móvil y me dijeron que no llegaría a tiempo a la frontera si me detenía en Mary, así que compré el billete directo a Turkmenabat.

No me permitieron hacerles una foto ni aceptaron mi invitación a tomar algo para agradecerles la ayuda; cosas de su cultura que debo respetar. Me acompañaron a la parada de taxis, negociaron el precio con el taxista (5 manats) y me despedí de ellas. Yo tenía la última oportunidad de conectarme a internet en la base y había quedado con MariaVi para ello. Llegué a tiempo y pude hacerlo.

El último día, invité a comer a Maysa para despedirme de ella y también de Alberto y MariaVi, que se habían portado maravillosamente conmigo. Después de comer, tuve tiempo de descansar hasta la hora de mi partida hacia la estación y terminar de leer el libro Viaje al Silencio, que devoré durante los cuatro días que estuve en su casa. Lo elegí con ganas, entre otras cosas, porque me interesaba al tratar sobre un viaje por Asia Central, la región que yo estaría recorriendo las próximas semanas, pero también por poder leer en español y tocar papel.

En la estación, había quedado con Azat para despedirnos. Llegó media hora antes de que el tren saliera y, para mi sorpresa, me trajo como regalo un gorro típico de los musulmanes turcomanos, que llevo en mi mochila y guardo con mucho cariño. Yo había pensado lo mismo que él, aunque mi regalo fue solo un paquete de tés chinos muy bien presentados que encontré en un supermercado y que sabía que le gustarían. Tras la despedida y los abrazos pertinentes, subí al vagón y me presenté a mis compañeros de viaje.

En Tren Hacia Turkmenabat

Cuatro camas, para cuatro viajeros. Todos eran turcomanos y ninguno hablaba inglés: Yorodonov, Pazudaeb y Amatoli, el más simpático, que además de darme su número de teléfono, se comprometió a ayudarme a mi llegada a Turkmenabat con el taxi. Pudimos comer algo, beber unos tés y recibir también una visita inesperada de la policía, a la que le habían contado que el extranjero bebía vodka. Esto fue una broma de una mujer que vendía aperitivos y a la que seguí el juego. Resultó ser una chivata que fue contando la milonga. El policía, por supuesto, no encontró ni una gota de alcohol en el compartimento y se quedó con las ganas de «sacarme» un poco más de dinero.

Para fumar teníamos que hacer como en el colegio: ir al baño, abrir la ventana y, al salir, hacerlo con sigilo para que el revisor no se diera cuenta e hiciera una inspección para pillarnos. Su oficina estaba pegada al servicio. Hablo en plural porque Amatoli también se fumó algún cigarrillo y fue él quien me contó cómo ingeniárselas para fumar yo.

Un Taxista «Avispado» y la Despedida

La llegada, después de una noche no muy buena durmiendo en el tren, fue antes del amanecer. Los taxistas saltaron sobre mí en cuanto me vieron, ofreciendo sus servicios hasta la frontera. Finalmente, acepté los 40 manats que me pidió un «avispado» taxista llamado Ykram, no sin negociar infructuosamente. Lo peor fue cuando llegamos a mi destino y me dijo que no tenía cambio de 50 manats y tuve que tragar y darle el billete, por lo que me costó más caro. No era mucho al cambio, pero me molestó, sobre todo porque intentamos cambiar a otros taxistas que llegaban. Pero imagino que aquí también funciona el corporativismo y estoy seguro de que se hacen este tipo de favores: no tener cambio para un «guiri».

En la frontera, me encontré con Ruslan, un uzbeko entrenador de tenis, que venía con dos de sus tenistas de jugar un torneo en Turkmenistán. Con ellos pude cruzar la frontera. Me ayudaron con los trámites con la policía, ya en Uzbekistán, y también con los transportes hasta Bujará. Pero esta es otra historia y la contaré en el próximo artículo.